San Francisco, sentimientos encontrados
Estar en paro te permite ciertos privilegios. Por ejemplo, si un plan no sale como estaba previsto, siempre puedes coger el toro por los cuernos. Me explico. Me metí de lleno en un viaje organizado por un abogado a San Francisco, la ciudad estadounidense que ya visité con mi familia hace unos 15 años. Por 1.000 euros, reservé por mi cuenta los vuelos y el hotel, los mismos que la expedición de letrados, miembros de un bufete madrileño, había contratado con una empresa de viajes.
Cuando faltaban diez días, el capitán del grupo me comunicó por WhatsApp que nadie iría. "Y qué hago yo solo en San Francisco", le solté. Él contó que, si yo quería, seguía en pie la entrevista con el alcalde de la ciudad y heredero de la marca de pantalones Levis Strauss. Pero se me quitaron las ganas. Con lo poco que siempre me han gustado los políticos, seguramente no estaría a gusto. Es cierto que podríamos haber hablado de Trump, del ICE o del fetanilo, ese fármaco analgésico tan dañino. Sin embargo, no me veía en ese despacho.Animado por mi mujer, decidí seguir con el viaje y me embarqué en la aventura. Con las entradas a la prisión de Alcatraz de noche, una visita al Museo de Walt Disney y una excursión guiada a pie por la ciudad, me armé de ganas y salí rumbo a Estados Unidos.
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| Sala VIP de la Terminal 2 del aeropuerto de Madrid a las cuatro de la madrugada |
Utilizando autobús urbano y tren, al precio total de 4,40 euros, llegué desde Toledo al aeropuerto de Madrid. Allí pasé la noche -mi avión salía a las 6 de la mañana rumbo a París-, pero mi previsión sufrió alguna variación. Estudiando la oposición a la Administración de Justicia, presenté una queja contra un empleado por los modales utilizados al preguntarle si podía acceder a la zona VIP de la Terminal 2, donde me encontraba, sin la tarjeta de embarque. Redacté igualmente unas líneas de agradecimiento por el comportamiento tan amable, en el servicio de información al ciudadano, de una joven llamada Sorángel -sí, como suena-, que está preparándose el examen para conseguir la nacionalidad española.
También invertí las horas sentando en un poyete del aeropuerto por la falta de asientos, hasta que la compañía aérea Air France me facilitó la tarjeta de embarque. Luego entré por primera vez en una sala VIP, la de la Terminal 2, por un precio de 33 euros que obtuve al ser socio del banco alemán N26.
Ese dinero mereció la pena, porque me permitió tomar una reconstituyente ducha, además de desayunar como un rey antes de subir al avión que me llevaría a París, la escala previa al vuelo de once horas a San Francisco, considerada la ciudad más bonita de Estados Unidos, con su estilo europeo y bañada por el océano Pacífico.
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| Roberto, primero por la izquierda, y Neus con representantes latinos en el congreso mundial de Samsung |
Mi mujer ya me advirtió que seguro conectaría con gente. Y así fue. Roberto y Neus viajaban en el mismo avión que llegó al aeropuerto gabacho y coincidí con ellos poco antes de atravesar el control de pasaportes en París.
Iban a la ciudad americana para participar como invitados, a gastos pagados, en un acontecimiento organizado por la marca Samsung para anunciar a los cuatro vientos nuevos modelos de sus teléfonos. Galaxy Unpacked, que así se llamaba el encuentro, iba tener lugar al día siguiente, y Roberto y Neus -un informático que me recordaba a Carlos Goñi, el de 'Revólver', y una funcionaria de Castellón- iban a estar allí para luego promocionarlo en Instagram (ella, bajo el apodo de 'Nusival'; él, 'Enfermepedia'). Hablamos también de las salas VIP y me facilitaron un contacto para conseguir los pases a un precio muy económico. Tanta fue la casualidad que luego coincidimos en las mismas filas de asientos en nuestro vuelo de once horas a San Francisco. Ver para creer.
En el aeropuerto, a ellos los recogieron un servicio privado y yo compré por internet un boleto de bus con una vigencia de 2 horas después de activado. Por 1,91 euros, recorrí más de 21 kilómetros en el autobús 292, donde fui el único turista, y llegué al hotel haciendo transbordo en Union Square, una plaza icónica.
Terminada su ruta por esta ciudad montañosa, usé el 'cable car' para disfrutar de sus calles empinadas y vertiginosas. Era la segunda vez en pocas horas, ya que la noche antes había hecho el recorrido de ida y vuelta al centro. Lo llaman teleférico, aunque no va por encima, sino siguiendo raíles. Dicen que es un sistema único porque es accionado por cables subterráneos -de ahí su nombre comercial-, que están funcionando continuamente bajo el asfalto a 15 kilómetros por hora. Sus conductores enganchan y desenganchan el tranvía de este cable para moverse o frenar, con unas zapatas de madera, en las colinas.
La noche que me estrené en el 'cable car', la primera en San Francisco, grabé un vídeo y lo publiqué en mi estado de WhatsApp. Al despertarme, vi un menaje que una maestra, amiga de mi mujer, me había enviado de madrugada en California. "!Has alegrado la mañana a un niño de mi cole que está obsesionado con los trenes!", me informó.
Fue lo primero que leí antes de largarme a admirar el amanecer junto al puente Golden Gate. A las cinco y media de la madrugada, después de dormir plácidamente ocho horas, subí en un autobús que pasa junto al hotel y que, en quince minutos, me dejó en el centro de recepción de turistas en esta bella y emblemática infraestructura roja.
Durante todo el trayecto hasta que se apearon, me fijé en los dos que iban "colgados", con la mirada perdida, y se me pasó por la mente que podía ser yo: una mala decisión, quedarte sin trabajo, sin el abrigo de tu familia, perder un hijo de manera traumática, sumirte en una depresión... Mientras, su amigo comía con un tenedor minúsculo, como de juguete, un alimento blanco en un bote que le había dado otro de ellos.
Antes de que bajaran, me fijé en las piernas llenas de pus del que había tenido más cerca. Llevaba los mugrientos pantalones remangados, apenas podía caminar ni tampoco tenía fuerzas para hablar. Y los tres se perdieron en la oscuridad de la noche.
Continué en otro bus de la línea 28 mi regreso al hotel, donde me bañé en su piscina en un día casi veraniego para mí. Fue antes de ir al embarcadero para la excursión a la prisión de Alcaraz, emblemática, imponente y peliculera por una famosa fuga y por albergar entre rejas a conocidos delincuentes, como Al Capone.
Me acordé de la gente que conozco relacionada con el mundo penitenciario: directoras y funcionarios de cárceles, personal de asociaciones que colabora desinteresadamente con la población reclusa y, por supuesto, tuve en mente a algunos de los reos que he conocido en mi etapa como periodista y con los que mantengo contacto, como Alfredo y Alberto.
Nos llevó unos quince minutos llegar en una embarcación repleta de turistas a la isla, colonizada sobre todo por gaviotas, tan apreciadas por mi mujer y mi hija. Había estado con la familia en nuestra primera y única visita hacía tres lustros, por lo que sabía lo que me iba a encontrar. Recorrí sus oxidadas galerías escuchando una autoguía en español; me fijé en los somieres de hierro, entré en una celda y respiré hondo en el patio de los reclusos con vistas a la bahía y al puente Golden Gate en un precioso atardecer.
Las anotaciones del viaje las escribía de madrugada, a eso de las tres o cuatro, por eso de la diferencia horaria con España. No dejaba de oír gaviotas porque el hotel está en la bahía. Es una zona que, por las luces estrambóticas de los establecimientos, me recordaba a Las Vegas.
Iban a la ciudad americana para participar como invitados, a gastos pagados, en un acontecimiento organizado por la marca Samsung para anunciar a los cuatro vientos nuevos modelos de sus teléfonos. Galaxy Unpacked, que así se llamaba el encuentro, iba tener lugar al día siguiente, y Roberto y Neus -un informático que me recordaba a Carlos Goñi, el de 'Revólver', y una funcionaria de Castellón- iban a estar allí para luego promocionarlo en Instagram (ella, bajo el apodo de 'Nusival'; él, 'Enfermepedia'). Hablamos también de las salas VIP y me facilitaron un contacto para conseguir los pases a un precio muy económico. Tanta fue la casualidad que luego coincidimos en las mismas filas de asientos en nuestro vuelo de once horas a San Francisco. Ver para creer.
En el aeropuerto, a ellos los recogieron un servicio privado y yo compré por internet un boleto de bus con una vigencia de 2 horas después de activado. Por 1,91 euros, recorrí más de 21 kilómetros en el autobús 292, donde fui el único turista, y llegué al hotel haciendo transbordo en Union Square, una plaza icónica.
Ya instalado en un hotel en la bahía de San Francisco, el Riu, me lancé a la calle. No me sorprendió, aunque sí me apenó, ver a tanto drogadicto y con enfermedades mentales en una ciudad donde se mastica el lujo. Enzo, un guía que me enseñó con entusiasmo el centro, me dijo que una familia con unos ingresos de 120.000 dólares, unos 101.400 euros al cambio) estaba en el umbral de la pobreza. Todo vino porque paramos en el escaparate de una inmobiliaria para ver el altísimo e inmoral precio de los alquileres. Y le hablé del gravísimo e indecente problema de la vivienda que hay en España.
Terminada su ruta por esta ciudad montañosa, usé el 'cable car' para disfrutar de sus calles empinadas y vertiginosas. Era la segunda vez en pocas horas, ya que la noche antes había hecho el recorrido de ida y vuelta al centro. Lo llaman teleférico, aunque no va por encima, sino siguiendo raíles. Dicen que es un sistema único porque es accionado por cables subterráneos -de ahí su nombre comercial-, que están funcionando continuamente bajo el asfalto a 15 kilómetros por hora. Sus conductores enganchan y desenganchan el tranvía de este cable para moverse o frenar, con unas zapatas de madera, en las colinas.
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| Panorámica muy cerca del museo de la familia de Walt Disney |
La noche que me estrené en el 'cable car', la primera en San Francisco, grabé un vídeo y lo publiqué en mi estado de WhatsApp. Al despertarme, vi un menaje que una maestra, amiga de mi mujer, me había enviado de madrugada en California. "!Has alegrado la mañana a un niño de mi cole que está obsesionado con los trenes!", me informó.
Fue lo primero que leí antes de largarme a admirar el amanecer junto al puente Golden Gate. A las cinco y media de la madrugada, después de dormir plácidamente ocho horas, subí en un autobús que pasa junto al hotel y que, en quince minutos, me dejó en el centro de recepción de turistas en esta bella y emblemática infraestructura roja.
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| Taxi sin conductor |
Regresé para desayunar y me encontré con algo inesperado. Como un ejército, iban saliendo de un garaje, que está justo enfrente de una en las entradas al hotel, taxis sin conductor que ves circular por San Francisco desde hace cinco años, según Enzo, el guía. Me explicó que descargas una aplicación en tu teléfono móvil para solicitar su servicio, que cuesta algo menos que un Uber o un taxi tradicional, ya que "te ahorras la propina". Bromeó durante la ruta turística que hice con él esa misma mañana.
Es salvadoreño, vivió en Los Ángeles y lleva pocos años en San Francisco. Contó la historia de la ciudad y de la colonización española, lo que entusiasmó a una mexicana de Guadalajara. Cargué el arma dialéctica por si la cosa llegaba a mayores, pero no tuve que intervenir finalmente.
Enzo también dijo maravillas del alcalde, de lo que estaba haciendo por preservar la identidad de la ciudad y que los negocios no sean de las grandes marcas, además de su implicación por la gente más desfavorecida, que hay mucha en esta ciudad rodeada por el océano Pacífico. Le conté que, de haber venido el grupo de abogados con el que iba a hacer el viaje, habríamos tenido una entrevista con el edil. "Es un hombre muy cercano, te lo encuentras por la calle o en el transporte público en cualquier momento", aseguró.
Usar el transporte público te acerca a la realidad de una ciudad. En el tranvía, una mañana, fui testigo de cómo una joven enfermera cedió el sitio a un hombre de una edad similar. Comenzaron a charlar mientras él estaba sentado y ella de pie, y acabaron dándose los números de teléfono y bajándose juntos en una parada.
Fue después de que otro hombre comenzara a gritar como si sufriera una enfermedad mental. Así estuvo unos minutos, hasta que bajó del tranvía, al que le había costado mucho esfuerzo subir. No fue el único que vi, ni mucho menos, el mismo día en el transporte público. También se convirtió en una atalaya desde donde me entristeció ver zombis en las calles. Uno me llamó especialmente la atención porque el vagabundo estaba tirado bocabajo sobre un colchón, delante de un lema en letras grande sobre un cristal, justo detrás de él, que decía: "Easy everyday care" (fácil todos los días). Que se lo digan a él.
Usar el transporte público te acerca a la realidad de una ciudad. En el tranvía, una mañana, fui testigo de cómo una joven enfermera cedió el sitio a un hombre de una edad similar. Comenzaron a charlar mientras él estaba sentado y ella de pie, y acabaron dándose los números de teléfono y bajándose juntos en una parada.
Fue después de que otro hombre comenzara a gritar como si sufriera una enfermedad mental. Así estuvo unos minutos, hasta que bajó del tranvía, al que le había costado mucho esfuerzo subir. No fue el único que vi, ni mucho menos, el mismo día en el transporte público. También se convirtió en una atalaya desde donde me entristeció ver zombis en las calles. Uno me llamó especialmente la atención porque el vagabundo estaba tirado bocabajo sobre un colchón, delante de un lema en letras grande sobre un cristal, justo detrás de él, que decía: "Easy everyday care" (fácil todos los días). Que se lo digan a él.
Por la tarde, ya caída la noche, una confusión al elegir la dirección de mi autobús me permitió ser testigo, otra vez, de los estragos de las drogas. Subieron dos toxicómanos en unas condiciones deplorables, sucios. No sé si llevaban alguna tarjeta de transporte o el conductor les permitió acceder sin pedirles nada. Iban acompañados de un tercer hombre, también callejero, pero que mantenía el tipo.
Durante todo el trayecto hasta que se apearon, me fijé en los dos que iban "colgados", con la mirada perdida, y se me pasó por la mente que podía ser yo: una mala decisión, quedarte sin trabajo, sin el abrigo de tu familia, perder un hijo de manera traumática, sumirte en una depresión... Mientras, su amigo comía con un tenedor minúsculo, como de juguete, un alimento blanco en un bote que le había dado otro de ellos.
Antes de que bajaran, me fijé en las piernas llenas de pus del que había tenido más cerca. Llevaba los mugrientos pantalones remangados, apenas podía caminar ni tampoco tenía fuerzas para hablar. Y los tres se perdieron en la oscuridad de la noche.
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| Sala de máquinas que mueven el 'cable car' |
Llegó la luz del día a la mañana siguiente. Me había propuesto ir al palacio de Bellas Artes y subí en el autobús número 28, que pasa junto al hotel. En el trayecto, entró un numeroso grupo de chavales con alguna discapacidad psíquica. Uno no paraba de repetir a su compañero: "Joe, ¿próxima parada?'". El tal Joe, tranquilo, ni contestaba ante la mirada condescendiente de uno de los monitores por su paciencia.
Cuando me di cuenta, era tarde. Había señalado en mi buscador de Google otro palacio, pero no el de Bellas Artes. Decidí continuar varios kilómetros y me apeé en el Parque Golde Gate, a no mucha distancia del famoso puente. Luego me alegré: descubrí una zona de vegetación preciosa, frondosa y cuidada, con un jardín japonés y varios lagos.
Cuando me di cuenta, era tarde. Había señalado en mi buscador de Google otro palacio, pero no el de Bellas Artes. Decidí continuar varios kilómetros y me apeé en el Parque Golde Gate, a no mucha distancia del famoso puente. Luego me alegré: descubrí una zona de vegetación preciosa, frondosa y cuidada, con un jardín japonés y varios lagos.
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| 'Cable car', a 9 dólares el trayecto. Merece la pena comprar la tarjeta de transportes Mundi |
Dentro del parque, caminé en dirección contraria a mi nuevo objetivo, lo que me permitió cruzarme con un enorme dragón que emergía del agua junto a una cascada, y que era objetivo de los teléfonos móviles y de las cámaras de fotografía que pasaban por allí.
Me reconduje en este inmenso vergel, al que cruza una anchísima carretera que han decorado artistas, y llegué a las puertas del Museo Young y de la Academia de Ciencias. No entré porque no tenía tiempo. En cambio, me senté en un banco a tomar el sol en un maravilloso día en San Francisco, sin dejar de mirar el reloj porque me esperaba la visita a la prisión de Alcatraz.
Me reconduje en este inmenso vergel, al que cruza una anchísima carretera que han decorado artistas, y llegué a las puertas del Museo Young y de la Academia de Ciencias. No entré porque no tenía tiempo. En cambio, me senté en un banco a tomar el sol en un maravilloso día en San Francisco, sin dejar de mirar el reloj porque me esperaba la visita a la prisión de Alcatraz.
Volví a subir al 28 y, cuando el autobús trazó una curva, me crucé con la imponente y adictiva imagen del puente Golden Gate. Dudé y al final hice lo correcto: bajé. Volvió a impactarme, como lo había hecho quince años atrás cuando visité la ciudad con la familia, y cumplí con algo que le había dicho a mi hija: ella trabaja para una conocida firma de calzado que imita la sensación de ir descalzo, y fotografié una de mis zapatillas de esa marca. Quedó resultona.
Continué en otro bus de la línea 28 mi regreso al hotel, donde me bañé en su piscina en un día casi veraniego para mí. Fue antes de ir al embarcadero para la excursión a la prisión de Alcaraz, emblemática, imponente y peliculera por una famosa fuga y por albergar entre rejas a conocidos delincuentes, como Al Capone.
Me acordé de la gente que conozco relacionada con el mundo penitenciario: directoras y funcionarios de cárceles, personal de asociaciones que colabora desinteresadamente con la población reclusa y, por supuesto, tuve en mente a algunos de los reos que he conocido en mi etapa como periodista y con los que mantengo contacto, como Alfredo y Alberto.
Nos llevó unos quince minutos llegar en una embarcación repleta de turistas a la isla, colonizada sobre todo por gaviotas, tan apreciadas por mi mujer y mi hija. Había estado con la familia en nuestra primera y única visita hacía tres lustros, por lo que sabía lo que me iba a encontrar. Recorrí sus oxidadas galerías escuchando una autoguía en español; me fijé en los somieres de hierro, entré en una celda y respiré hondo en el patio de los reclusos con vistas a la bahía y al puente Golden Gate en un precioso atardecer.
Sin embargo, después de casi dos horas, salí decepcionado porque han acortado el recorrido -no se visita ni el comedor ni las duchas-, pero el precio del tique ha subido lamentablemente.
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| Recreación de la celda de uno de los fugados de la prisión de Alcatraz |
No dejé de ir a la Misión San Francisco de Asís, conocida también como Misión Dolores. Es una parroquia católica que fue erigida por los frailes franciscanos españoles Francisco Palóu y Pedro Cambón en 1776. Considerada un Hito Histórico Nacional de los Estados Unidos, no pude entrar porque estaba cerrada. Pero, desde fuera, admiré los dos edificios que la componen.
Las anotaciones del viaje las escribía de madrugada, a eso de las tres o cuatro, por eso de la diferencia horaria con España. No dejaba de oír gaviotas porque el hotel está en la bahía. Es una zona que, por las luces estrambóticas de los establecimientos, me recordaba a Las Vegas.
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| Panorámica desde Battery Spencer |
San Francisco es una ciudad cara y tampoco la comida casera es su plato fuerte. Por eso tiré del supermercado que tenía a menos de 100 metros, donde las frutas se venden por piezas a unos precios elevadísimos, y entonces eché de menos el Mercadona de mi barrio.
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| Celdas de castigo en Alcatraz |
Fue en otro establecimiento mucho más alejado donde Baltasar compró una de las cervezas, de 750 mililitros cada una, a la que me invitó. Acababa de sacarla de la nevera de su habitación y estaba fría. Eran las ocho y media de la noche, me encontraba en la terraza del hotel, alrededor de una estufa encendida con dos bancos, y lo invité a sentarse porque buscaba un sitio con Cristina, una compatriota suya colombiana con la que estaba de reunión en el establecimiento.
A Baltasar lo llamó por teléfono su esposa, él se ausentó y me quedé charlando con Cristina, quien casualmente conocía a un empresario con casa de veraneo en Toledo; incluso ella había estado allí, ya que una amiga suya está casada con él, y me pareció, por las fotografías que me enseñó de la espléndida vivienda, que podía ser en la zona exclusiva conocida como 'Los cigarrales'. "Recuerdo que es una casa de campo", me dijo Cristina.
A Baltasar lo llamó por teléfono su esposa, él se ausentó y me quedé charlando con Cristina, quien casualmente conocía a un empresario con casa de veraneo en Toledo; incluso ella había estado allí, ya que una amiga suya está casada con él, y me pareció, por las fotografías que me enseñó de la espléndida vivienda, que podía ser en la zona exclusiva conocida como 'Los cigarrales'. "Recuerdo que es una casa de campo", me dijo Cristina.
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| Lago del parque Golden Gate |
Yo había visto en directo la otra realidad de San Francisco, los estragos de las drogas, pero la degradación se situó a 20 centímetros de mí. Estaba charlando con Cristina cuando, de repente, un indigente con una especie de gabardina irrumpió sin mediar una palabra. Era negro, alto, con el pelo largo y rastas, uno de los zombis que ya había visto por la ciudad. Se fue directamente al gran cenicero que teníamos junto a nosotros. Tenia colillas de tabaco negro y rubio de clientes que las habían dejado después de apurar sus cigarrillos. Dobló la mitad de su enorme envergadura y puso la nariz a menos de una cuarta sobre la arena oscura del cenicero. Comenzó a rebuscar y cogió las colillas de tabaco rubio, dejó las de negro. La degradación de un ser humano por las drogas. En ese momento, me vino la imagen del actor Alfredo Landa, en el papel de Paco, con la nariz en el suelo buscando una perdiz en 'Los santos inocentes', en una emblemática secuencia rodada con mi recordado Paco Torres.
Se marchó por donde había venido y de la misma manera, sin decir una palabra. Fue a la mesa de al lado, repitió la misma escena y desapareció. Al rato regresó Baltasar y les conté alguna experiencia profesional que había tenido con extoxicómanos, como Alfredo, quien me contó en una entrevista que él llegó a pincharse heroína en el pene porque no le quedaba otro lugar en su agujereado cuerpo.
Nada que ver con el mundo de fantasía del que había estado disfrutando unas horas antes en el museo de la familia de Walt Disney, una enorme casa en Presidio, un parque a pocos kilómetros de la ciudad. Quizá el inesperado encuentro con el zombi podría haber inspirado al animador estadounidense para una película sobre la decadencia humana.
Se marchó por donde había venido y de la misma manera, sin decir una palabra. Fue a la mesa de al lado, repitió la misma escena y desapareció. Al rato regresó Baltasar y les conté alguna experiencia profesional que había tenido con extoxicómanos, como Alfredo, quien me contó en una entrevista que él llegó a pincharse heroína en el pene porque no le quedaba otro lugar en su agujereado cuerpo.
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| Un anciano da de comer a decenas de aves en la playa del parque Golden Gate que baña el océano Pacífico |
Nada que ver con el mundo de fantasía del que había estado disfrutando unas horas antes en el museo de la familia de Walt Disney, una enorme casa en Presidio, un parque a pocos kilómetros de la ciudad. Quizá el inesperado encuentro con el zombi podría haber inspirado al animador estadounidense para una película sobre la decadencia humana.
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| El vagabundo al que di unos plátanos, durmiendo a pocos metros del hotel |
La última noche, me crucé con un indigente que se preparaba para dormir al raso, sobre la acera, a menos de 50 metros del hotel. Me habían sobrado algunas monedas y no quería volver a España con ellas. Por eso me dirigía al supermercado que está a un tiro de piedra para gastarlo en un par de cervezas. Sin embargo, me acordé del pobre y de su rostro: negro, con barba, alrededor de 70 años. Compré varias bananas y se las regalé de regreso al hotel. Me preguntó si tenía alguna moneda y le entregué las pocas que me quedaban. "Thank you", agradeció.
Al cabo de un rato, salí del hotel para confirmar la parada del autobús, y aproveché para pasar por delante del indigente. Lo vi abrigado, hecho un ovillo y aparentemente dormido en una noche que se presumía fría mientras yo descansaría a pierna suelta, con la única preocupación a la mañana siguiente de llegar a tiempo al vuelo.
Al cabo de un rato, salí del hotel para confirmar la parada del autobús, y aproveché para pasar por delante del indigente. Lo vi abrigado, hecho un ovillo y aparentemente dormido en una noche que se presumía fría mientras yo descansaría a pierna suelta, con la única preocupación a la mañana siguiente de llegar a tiempo al vuelo.
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| Un par de zapatos abandonados junto a una botella de vodka |
Hay días en que se alinean los astros, y eso debió suceder el día que regresé a España. En el aeropuerto de San Francisco, recibí la llamada telefónica de un conocido ex guardia civil para hablar de un posible trabajo y mi hija nos anunció un próximo proyecto teatral. Esto último fue después de que mi amigo y colega Álvaro García Ruiz me propusiera viajar a Sevilla para presentar su ensayo, 'Celda 3', en el que relata su amarga experiencia en prisión. También familiares y amigos del abogado Francisco Parres me escribieron a la vez para felicitarme por el artículo que escribí sobre él, que había logrado reabrir una causa siete meses después de su muerte.
Ya en España, el redondeo a la excursión fue que mis vecinos Flori y Ángel me recogieron en el aeropuerto de Madrid. Ellos acababan de regresar de México, del cumpleaños de su nieto, y quedamos en la puerta número 5 de la Terminal 1. Mientras los esperaba, conocí a Luz, una colombiana que me contó una historia extraña. Con una mochila y una maleta pequeña, llevaba tres días durmiendo en un hotel de los alrededores; que había llegado desde su país con una promesa de trabajo, pero que perdió en el aeropuerto y nadie la recogió. Después de preguntarle varias dudas, mi conclusión fue que había sido víctima de una estafa en Colombia.
Le dije que fuera al puesto de la Policía Nacional en la Terminal 4 y que contara su caso. "Dos soluciones le van a dar: comprar un vuelo para su país o la deportarán con el tiempo", le respondió un vigilante de seguridad que estaba en la puerta de acceso.
Ella subió a uno de los autobuses que conecta las terminales y, a los pocos minutos, mis vecinos aparecieron con sus maletas. Recogimos su coche y regresaba a Toledo. Poco después de llegar a casa, leí una triste noticia: el periodista Fernando Ónega, un referente, había muerto. Seguramente, él habría contado el viaje a su manera: "Puedo prometer y prometo..." que volveré a San Francisco.
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| Atardecer desde la prisión de Alcatraz. Al fondo, el puente Golden Gate |




















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